De luto al otro lado de la frontera

4/26/2023 

En mi vida, la gente no muere, solo desaparece. Si tienes la suerte de tener papeles o visas, los puedes ver de vez en cuando. Los puedes ver envejecer poco a poco; puedes ver que se van arrugando, haciéndose más frágiles, más olvidadizos. 

Y de repente, ya no vienen a visitarte. O si vas de visita, su casa está vacía. 

Estar de luto de este lado de la frontera no es satisfactorio. Ya estamos acostumbrados a extrañar a nuestros seres queridos. Si es que los podemos ver, los vemos unos días al año, esperamos mucho tiempo entre cada visita. Y luego se van de este mundo, y se siente como un periodo extendido entre las visitas. Ya estamos acostumbrados a vivir sin ellos. Ahora, la próxima ‘visita’ será cuando también lleguemos al cielo. Ellos vendrán por nosotros a recibirnos. 

Tengo suerte porque yo puedo cruzar la frontera sin problema; tal vez ni tengo derecho de quejarme. Pero hay gente que no corre con esa suerte. Abrazan a sus papás cuando aún están jóvenes con la esperanza de volver pronto. Pero pasan los años. Hasta pasan las décadas. Y luego es muy tarde. La gente muere. Ya no hay esperanzas de verlos otra vez, por lo menos en esta vida. 

Tal vez es más fácil para nosotros de este lado. No tenemos que enfrentar la realidad de sus cuerpos fríos, sin vida. No tenemos un velorio al que ir. Solo vamos a trabajar o a la escuela, como si fuera un día normal y no el día que enterraron a nuestros abuelos, padres, seres queridos. La rutina y la distancia nos dan un sentido falso de que todo está normal- a fin de cuentas estamos acostumbrados a extrañarlos por mucho tiempo. Extrañar a nuestros seres queridos, nuestra familia, nuestros orígenes. Partes claves de nosotros mismos. 

O tal vez es más difícil para nosotros. Lloramos la pérdida de sus vidas, pero para la gente como yo quien siempre vivió lejos de ellos, también lloramos la relación que nunca tuvimos. Apreciamos las pocas memorias que tenemos con ellos, y anhelamos más.

Nos ahorramos la tristeza de verlos marchitarse y ver la vida marcharse de sus ojos. Nos ahorramos el dolor de verlos sufrir con la enfermedad, las noches en vela en los hospitales. Nos ahorramos tanto. Nos ahorramos hasta la despedida. 

Siempre he estado del lado equivocado de la frontera en momentos de luto. Mi abuelo materno falleció el día que me gradué de la prepa. Creo que él demoró su partida para que yo tuviera mi momento de felicidad. Aunque estuviéramos en países diferentes, él no cruzó la frontera de la vida y la muerte, hasta que yo crucé el escenario. 

Cuando falleció mi prima, yo estaba en México. Pero ella murió en los Estados Unidos. Otra vez, yo estaba en el lado equivocado de la frontera. No pude ir a su velorio ni funeral. Creo que nunca he ido a un servicio de un ser cercano. 

En el 2020, cuando empezaron las muertes, no pude tener el cierre de estar en el funeral ni entierro de mi abuelo, ni de mi tía, ni de mi abuela. Estaba del lado equivocado de la frontera. Solo aprendí a extrañar por periodos de tiempo más y más largos. Porque la gente no muere, solo desaparece.

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